Capítulo 3

Todo era rabia en aquel momento de mi vida. Coraje. Impotencia. ¿Realmente merecía la pena León? Si llevando diez meses juntos era así,  ¿qué podría esperar de él si compartiésemos toda la vida juntos?
Nadie puede reflexionar si no lo hace a solas y en frío. Y yo no tuve ese espacio. Me fue arrebatado como quien enjaula a un colibrí alejándole de su cielo libre. Supongo que el hecho de no tener un segundo para mi misma fue la causa (o la culpa) de continuar con la relación. Al final, eso de pelearnos y hacer después las paces se convirtió en una placentera rutina que incluso los días que no ocurría,  anhelaba.

Dos días antes, en la habitación de León…
Tiré al suelo todo lo que encontraba por mi paso. Todas las fotos, la ropa, el colchón,  las sillas. No me soportaba ni yo misma. Lloré con tanta rabia que me hacía daño, gritaba con tanta fuerza que me ardían los pulmones. Escuché unas llaves y tuve el impulso de ir corriendo hacia la puerta y reventarle a patadas cuando abriese. Pero me contuve y esperé en la habitación, solo porque no era mi casa ni mi sitio.
Me sequé las lágrimas y traté de controlar mi respiración para no ahogarme mientras le decía todo lo que tenía pensado.

-¿Qué cojones haces? ¿Estás loca?
+¿Por qué me has encerrado?

Sus ojos, grandes de por sí, se le salían de las cuencas. Me miraba como el que va a empezar un combate con su rival, desafiante. Me daba miedo, pero no pensaba dejar que él lo notase.
-¿Querías salir, eh? Lo sabía,  tú no puedes quedarte en casa tranquilita, tú tienes que salir para que te vea la gente. Te parecerá bonito…
+¿Qué dices? No tendría ni que explicártelo,  pero iba a salir a comprar tomate. To-ma-te. Nada más. Y de todas formas, si quiero salir a donde sea salgo, no necesito que tú me digas lo que puedo o no puedo hacer.
-Tú no vas a salir de aquí, te pongas como te pongas.
+¿No?

Cogí su tarjeta para echar gasolina y la rompí delante de sus atónitos ojos. Él cogió mi diadema preferida e hizo lo mismo. Se desencadenó una batalla por venganza, como dos niños jugando a ver quién hacía mas daño a quién. Rompimos billetes, fotos, ropa… Y cuando no quedaba nada más,  supongo que por el cabreo que tenía,  no me lo pensé dos veces y cogí un bate de béisbol e hice el amago de romperle la tele. Entonces León se acercó a quitarme el bate de las manos con tanta fuerza que, sin querer, al darse la vuelta me golpeó en el pecho con él. Ni siquiera me pidió perdón, así que salí llorando hasta el patio. Él me seguía,  pues sabía que ahí había otra puerta por la que salir a la calle. Me agarró del brazo, pero con el otro pude alcanzar un cubo lleno de agua con lejía y se lo tiré encima. Mientras se secaba y maldecía aproveché para llegar hasta la puerta. Y cuando por fin respiraba un momento de alivio por estar a punto de alejarme de allí,  sentí un ardor intenso en mi espalda.

+¡Puto enfermo de mierda! ¡¿Estás loco?! ¡Joder, te voy a denunciar, hijo de puta!

Me aprisionó contra la pared y mirándome fijamente a los ojos dijo:
-Repítelo otra vez.

Me daba asco mantenerle la mirada. Y realmente lo sentía, así que se lo repetí alto y claro, sin apartar mis pupilas de las suyas.
+Hijo de puta.

Un nuevo pinchazo de ardor. Esta vez en el brazo izquierdo. Parecía que León había decidido apagar el cigarro en mi cuerpo. Y contra más quemaba, más crecía mi odio.
No había manera de salir de esa situación. Me invadió la impotencia del momento y solo supe echarme a llorar como si me fuese la vida en ello.
León se quedó a mi lado, observándome con cierta lástima, quizá arrepentido, aunque hoy todavía lo sigo dudando. Sin embargo, ninguno de los dos pronunció una sola palabra durante las tres horas que lloré sin cesar tirada en el suelo empedrado de aquel patio andaluz.

La noche se abrió paso iluminando nuestros apagados rostros bajo un manto de estrellas. Andalucía de noche es precioso. Y si se tiene la suerte de estar alejado de la ciudad, puede uno deleitarse de una improvisada lluvia de estrellas que decora cualquier noche de verano.
Tras contemplar ese instante mágico me fui a la cama. No a la que acostumbraba a dormir, sino a otra habitación, convencida de que ya no tenía sentido compartir algo con León. Seguí llorando hasta caer casi dormida. Me giré para encontrar una buena postura y mis ojos se encontraron en la oscuridad con los de un chico asustado. Me miraba como el que implora perdón arrepentido, incluso la humedad de sus pupilas me llevó a pensar que había estado llorando. Volví a girarme.

-Violeta…
+Qué.

Me repugnaba escucharle o dirigirle la palabra. Traté de mostrarme lo más pasiva posible, pero en el fondo estaba ansiosa por escuchar un “perdón”  sincero de sus labios.

-Mírame por favor.

No lo hice.

+Qué quieres.

Su brazo rodeó mi cintura y me estremecí. Era una sensación tan rara… Estaba incómoda,  pero extrañamente nostálgica,  como si hubiese olvidado cualquier roce cariñoso que viniese de él y mi cuerpo tuviese que volverse a hacer a ello.
Sentía su respiración en mi cuello, muy cerca, casi como un beso invisible.

-No vuelvas a llamarme hijo de puta por favor. Pierdo los nervios…

Entonces sí me giré para fulminarle con la mirada.

+¿Crees que llamarte hijo de puta es comparable con lo que tú me has hecho? ¿Y todo porque no quieres que salga a la calle sin ti? ¿Me apagas un puto cigarro en la espalda y encima tienes el valor de prohibirme llamarte hijo de puta?
-Lo siento, pero es que…
+Pues yo no lo siento León, y te vuelvo a repetir que eres un hijo de puta, un cabrón,  un machista y un…
-¡Calla!

Y rompió a llorar. Yo ya no sabía qué hacer. No me daba lástima.
Empezó a dar puñetazos a la pared y solo cuando vi que le sangraban los nudillos, me levanté y le susurré:
+Para, tranquilo.

Nos sentamos en la cama. Me besó con tanta ansiedad que me hacía daño. Su manera de morderme los labios y de agarrarme del cuello me dejaban sin fuerzas para recordar que hacía unos minutos había decidido no volver a besarle nunca. No podía frenarle, aunque tampoco quería hacerlo. Aquella noche no dormimos.
Dicen que lo mejor de una pelea es la reconciliación. Para mi, no fue ese placer el que prevaleció,  sino el de hablar con él y conocer toda su historia. De su boca no salió un “perdón”  en ningún momento, y de la mía mucho menos. Éramos demasiado orgullosos para pedirlo o demasiado ingenuos por creer que el otro olvidaría lo ocurrido sin más.
León me contó que su madre engañó a su padre cuando él era pequeño,  y cada vez que alguien le llamaba “hijo de puta” perdía el control, porque volvía a sentir el dolor que le causó la mujer que le trajo al mundo.

Aunque yo no conocía los detalles de aquello, sí sabía algo, así que no pude evitar sentirme mal por haberle hecho daño en su punto más débil.
Así fue como, una vez más,  me autoconvencí de perdonar su falta anteponiendo mi culpa a la suya.

Y así fue como también León se enamoró más de mi.

 

Third chapter

Everything was rage at that time in my life. Courage. Impotence. Was Leon really worth it? If taking ten months together was like that, what could I expect from him if we shared our whole lives together?

No one can reflect if he doen’t do it alone and in cold. And I didn’t have that space. I was snatched away like someone who caged a hummingbird away from his free sky. I guess the fact of not having a second for myself was the cause (or the guilt) of continuing the relationship. In the end, that of fighting and making peace afterwards became a pleasant routine that even the days that didn’t happen, I longed for.

Two days before, in Leon’s room …

I threw to the ground everything I found by my step. All the photos, the clothes, the mattress, the chairs. I couldn’t stand myself. I cried with such rage that it hurt me, I screamed so hard that my lungs burned. I heard some keys and I had the impulse to run to the door and kick him out when he opened. But I held back and waited in the room, just because it was not my house or my place.
I dried my tears and tried to control my breathing to keep from drowning while I told him everything I had in mind.
-What the fuck are you doing? Are you crazy?
+ Why have you locked me up?
His eyes, big in themselves, came out of their sockets. He looked at me like the one who is going to start a fight with his opponent, challenging. It scared me, but I wasn’t going to let him notice it.
– You wanted to leave, eh? I knew it, you can’t stay at home quiet, you have to go out so people can see you. It will look nice …
+ What do you say? I wouldn’t have to explain it to you, but I was going out to buy tomato. Tomato. Nothing else. And anyway, if I want to go wherever I go, I don’t need you to tell me what I can or can not do.
-You aren’t going to leave here, whatever you think.
+No?

I took his card to pour gasoil and broke it in front of his astonished eyes. He picked up my favorite headband and did the same. A battle for revenge was unleashed, like two children playing to see who did more harm to whom. We broke tickets, photos, clothes … And when there was nothing left, I guess because of the anger I had, I didn’t think twice and I picked up a baseball bat and made the mistake of breaking the TV. Then Leon came up to take the bat from my hands with such force that without wanting to turn around he hit me in the chest with him. He didn’t even apologize, so I left crying to the yard. He followed me, knowing that there was another door to go out into the street. He grabbed my arm, but with the other I was able to reach a bucket full of water with bleach and I threw it on him. While drying and cursing I took the opportunity to reach the door. And when I finally breathed a moment of relief at being about to get away from there, I felt an intense burning in my back.

+ Fucking sick! Are you crazy?! Fuck, I’m going to report you, son of a bitch!

He imprisoned me against the wall and looking straight into my eyes said:

-Say that again.
It disgusted me to keep looking at him. And I really felt it, so I repeated it loud and clear, without removing my pupils from his.
+ Son of a bitch.
A new sting of burning. This time in the left arm. It seemed that Leon had decided to put out the cigar in my body. And the more I burned, the more my hate grew.
There was no way out of that situation. The impotence of the moment invaded me and I only knew how to cry as if I were living in it.
Leon stayed by my side, observing me with some pity, perhaps repentant, although today I still doubt it. However, neither of them uttered a single word during the three hours that I cried incessantly lying on the paved floor of that Andalusian yard.
The night made its way illuminating our dull faces under a blanket of stars. Andalusia at night is beautiful. And if you are lucky enough to be away from the city, you can enjoy an improvised shower of stars decorating any summer night.
After contemplating that magical moment I went to bed. Not the one where I used to sleep, but another room, convinced that there was no point in sharing anything with Leon. I kept crying until I fell almost asleep. I turned to find a good posture and my eyes met in the dark with those of a frightened boy. He looked at me like the one who begs repentant forgiveness, even the wetness of his pupils led me to think that he had been crying. I turned around again.

-Violeta…

+ What?
I was disgusted to hear him or speak to him. I tried to show myself as passive as possible, but deep down I was anxious to hear a sincere “forgiveness” from her lips.
-Look at me please.
I didn’t do it.
+ What do you want
His arm encircled my waist and I shuddered. It was such a strange sensation … I was uncomfortable, but strangely nostalgic, as if I had forgotten any fond touch that came from him and my body had to do it again.
I felt his breath on my neck, very close, almost like an invisible kiss.
-Don’t call me son of a bitch please. I lose my nerves …
Then I turned to glare at him.
+ Do you think calling you son of a bitch is comparable to what you’ve done to me? And all because you don’t want to go out without you? You turn off a fucking cigar in my back and above you have the courage to forbid me to call you a son of a bitch?
-I’m sorry, but is that …
+ Well I’m not sorry Leon, and I repeat to you that you are a son of a bitch, a bastard, a male chavinist and a …
-Shut up!
And he broke down crying. I didn’t know what to do anymore. I didn’t feel sorry.
He started punching the wall and only when I saw that his knuckles were bleeding, I got up and whispered:
 +Stop, calm.

We sit on the bed. He kissed me with such anxiety that it hurt me. His way of biting my lips and grabbing me by the neck left me without strength to remember that a few minutes ago I had decided never to kiss him again. I couldn’t stop him, although I didn’t want to do it. That night we didn’t sleep. It is said that the best thing about a fight is reconciliation. For me, it wasn’t that pleasure what prevailed, but the pleasure of speaking with him and knowing his whole story. No “forgiveness” came out of his mouth at any time, and mine much less. Perhaps we were too proud to ask for it or too naive to believe that the other would forget what had just happened.

Leon told me that his mother cheated on his father when he was little, and every time someone called him “son of a bitch” he lost control, because he felt again the pain caused by the woman who brought him into the world.
Although I didn’t know the details of that, I knew something, so I couldn’t help but feel bad for hurting him at his weakest point.
That’s how, once again, I convinced myself to forgive his fault by putting my fault before his.
And that’s how Leon also fell more in love with me.
JGA
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