Capítulo 9

+Estoy llegando a la estación.
-Paso a por ti en diez minutos, ¡qué ganas de verte!

Bajé del autobús en la capital de Andalucía con un sabor agridulce. Quería estar allí aquel diecinueve de diciembre, pero no sabía si debía. Camila y su novio vinieron a buscarme como habían prometido, cumpliendo también su palabra de no decirle nada a León. Durante el viaje, había imaginado mil y una maneras de reencontrarnos, cómo sería su reacción, cómo confesarle que, pese a que me pidió y prácticamente ordenó que no fuese a pasar allí la navidad, estaba allí, sin más equipaje que una maleta y un corazón pendiente de un hilo.

-¿Te ha vuelto a decir algo?
+Hemos estado hablando hoy, pero se piensa que voy a pasar las navidades en Santander.
-Bueno, ¡esta noche fiesta! Así olvidamos lo que toca mañana…
+No tengo muchas ganas de fiesta, pero acepto, bastante estás haciendo por mi…
-Tranquila, para eso estoy. Jorge se va al pueblo y vuelve mañana para llevarnos a nosotras. ¿Ya sabes dónde te quedarás?
+Qué va…No sé a dónde voy a ir ni con quién voy a pasar la navidad. Mis padres creen que la pasaré con León,  sino no me hubiesen dejado venir.
-Tranquila, si no solucionáis esto, puedes cenar esos días en mi casa.

Camila estaba convencida de que aquella locura daría resultado. Llevábamos una semana planeando ese día en el que yo apareciese por sorpresa en la casa de León y el cayese rendido entre mis brazos. Ellos le conocían tanto como yo, pero también me conocían a mi, y vieron que no me iba a rendir, así que me ofrecieron su ayuda para todo.
Era viernes por la noche y estábamos preparándonos para ir a la discoteca. Lo único que me animaba a salir era saber que podría beber tanto como quisiese y liberarme de tanta presión, de un último mes peor que duro en Barcelona. Mientras peinaba a Camila haciéndole una trenza de espiga, ella llamó a su novio. Puso el altavoz del móvil para no mover mucho la cabeza, y empezamos a escuchar cosas que no tenían sentido. Jorge decía que estaba en el coche, que iba a ayudar a su padre a arreglar una máquina y que no podía hablar mucho. Lo que nos extrañó fue que transmitía la sensación de no estar solo, pues en ocasiones se callaba y pensaba demasiado las respuestas a las preguntas de Camila. Cuando colgó, mi amiga se dio la vuelta y sonrió como si supiese algo que yo desconocía.

+¿Qué pasa?
-Te digo yo que Jorge está de camino a Sevilla.
+¿Cómo va a venir otra vez hasta aquí?  ¡Si se ha ido hace dos horas!
-Vamos a mandarle un WhatsApp pidiéndole la ubicación. Si me pone alguna excusa, es porque está viniendo. Y sabes tan bien como yo que no iba solo en el coche.
+¿Crees que era León?
-Eso espero.
+No por favor,  no estoy preparada. Llámale otra vez anda.

La siguiente llamada confirmó nuestra sospecha. Estaba segura de haber escuchado la risa de León; además, Jorge dijo que no tenía cobertura para mandarnos la ubicación. Claro que, si no tuviese cobertura, tampoco podría llamarnos. A veces me gustaría que los tíos fuesen más listos para mentir.
Me temblaban las manos y las rodillas. Estaba helada de frío,  y no solo por la época del año. Me miré al espejo y vi el reflejo de una niña delgada, ojerosa, pálida y fea, muy fea. No sabía qué  hacer para arreglar aquel desastre, aunque Camila estudiaba para ser maquilladora, no creía que pudiese hacer milagros. Me dejé en sus manos asimilando que no iba a cambiar mucho mi aspecto. Y cuando terminó y me puso el espejo delante, me sentí incluso más fea. Nunca antes me había maquillado tanto, ese no era mi estilo. Traté de compensarlo vistiéndome elegante, con unos pantalones negros pitillo de tiro alto, un corpiño de encaje del mismo color y unos tacones que estilizaban y alargaban mis delgadas piernas. Ricé mi pelo con las tenacillas y entonces me identifiqué con una estrella de pop-rock, como Selena Gómez en uno de sus conciertos. Preparamos un par de sandwiches para cenar que yo devoré con un nudo en el estómago. Y sonó el timbre.
Instintivamente me fui al balcón a encenderme un cigarro, y, aunque iba en tirantes, tenía calor. Escuché cómo Camila recibía a su novio, que se acercó a preguntar cómo estaba yo. Sin darme la vuelta para evitar sorpresas, le pregunté si León venía con él,  y me contestó con una sonrisa al verme tan distinta.

-Estás increíble Violeta.
+Voy echa un cuadro…
-No creo que León piense lo mismo.

Escuchar su nombre fue como confirmar que él estaba allí y tuve que quitarme los tacones para no caerme. Quería entrar, buscarle, pero me frenaba el miedo al rechazo. Seguí allí quieta, entre la congelación y el fuego, aspirando cada calada del cigarro como el asmático absorve aire de su inhalador.
Unas manos rodearon mi cintura y cerré fuerte los ojos, pensando que solo eran imaginaciones mías como tantas veces había soñado con ese momento. Se me deslizó el cigarro balcón abajo cuando perdí la sensibilidad al sentir que una de sus manos subía por mi cuerpo para agarrar mi pecho izquierdo. Después el derecho. Millones de pensamientos llegaron a mi mente. Volvería a pasar cuatro meses como los que pasé si me hubiesen asegurado que el desenlace sería aquel. Cuántas veces había llorado hasta la saciedad, esperado una llamada, una respuesta, cuántos exámenes había aprobado con solo un cinco por descuidar los estudios, cuántas veces me juré a mi misma no volver a sentir tanto amor por él sin ni siquiera haber hecho el intento de olvidarlo. Sentía su tacto en mi piel, pero en lugar de traerme buenas sensaciones, me producía coraje y pánico. No iba a permitir que todo lo malo acabase solo por sus caricias sensuales. Cualquiera hubiese seguido sus impulsos en esa situación,  pero yo tenía muy claro que primero deberíamos hablar y explicarnos muchas cosas. Nos lo debíamos.
Me dí la vuelta,  abrí los ojos y vi al chico de mis sueños frente a mi, con sus labios a milímetros de los míos, y sus ojos clavados en mi cuerpo. Podía sentir el calor de su excitación,  y supe que era el momento para hablar, pues él no rechazaría lo que fuera con tal de probarme después.

+¿Sabías que vendría?
-Me lo dijo Jorge.
+¿Y por qué has venido a Sevilla?
-Porque te quiero.

Si no le conociese, me lo habría creído. Pero ahora tenía que explicarme muchas cosas, y no iba a nublar mi juicio con palabras amables por las que un mes atras habría matado.

Un beso. Dos. Tres. Tensión liberándose en el aire.

-Violeta, ¿nos vamos ya? Nos están esperando. Si queréis venir vosotros también, chicos.
+¿A dónde?
-¡De fiesta!

Si antes no tenía ganas de salir, ahora menos. Y cuando noté la mirada amenazante de León entendí que yo tenía que quedarme. Y mejor si nos dejaban a solas.

+Bfff, Camila, lo siento mucho pero es que además me duele la cabeza. Y se me ha corrido todo el maquillaje, y mira qué pelos tengo…
-Me lo prometiste. Si León no quiere venir es su problema.

Entonces Jorge me salvó.

-Déjalos cariño. Llevan meses sin verse. Yo me voy contigo.
+Gracias Jorge. Dormiremos en el sofá.
-Hay otra cama libre. Suerte chicos.

Camila salió del piso cabizbaja, sin dirigirme la palabra. Sentí que la estaba decepcionando, pero peor hubiese sido traicionarme a mi misma.
Por fin solos, me senté en el sofá y empecé a hablar ordenando las ideas que León casi consiguió extraer de mi mente un instante antes.

+A ver. Tengo varias preguntas. La primera es: ¿tú quieres estar conmigo?
-Si no quisiera no hubiese venido a buscarte.
+¿Has venido por eso o porque no soportarías la idea de saber que estoy en el pueblo y no es contigo?
-Por las dos cosas.

Durante la conversación,  ninguno de los dos podíamos evitar sonreír. Quizá nos sentimos como dos niños pequeños afrontando nuevas responsabilidades,  era la primera vez que hablábamos seriamente, y, al menos yo, lo hice con el corazón en las manos.

+¿Me vas a decir quién era la chica de las fotos?
-Ya te lo dije, una amiga. Ella quería algo más,  pero no pasó nada. Solo he salido una noche con ella.

JGA

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