Capítulo 11

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+Que sea lo que Dios quiera.

-Pues en vista de que tú eres gilipollas…Sí, déjalo en manos de Dios.

 

938 kilómetros después:

El pueblo andaluz que dejé tres meses atrás no era el mismo que estaba pisando. Casi podría jurarlo. Hasta el aire se filtraba de una manera distinta en mis pulmones.
La puerta que tenía enfrente se me hacía más grande. Un cartel con luces neón que rezaba un “Danger” tamaño 78 se dejó colar en mi imaginación. Bendito subconsciente. Si te hiciera caso alguna vez…

+Ya he llegado, estoy en tu puerta.
-Pues espera.

Por un momento que se me antojó una eternidad creí que León me haría esperar horas con la maleta sólo por darse el placer de joderme un poco más la existencia.Como dando por hecho que podía seguir estirando una cuerda que estaba más que comprobado que jamás rompería. No puedo culparle de ello, yo misma se lo había demostrado.
Sin embargo, apenas pasaron diez minutos cuando escuché el motor de su viejo Chevrolet girar la esquina. Y entonces la tranquilidad en la que había estado trabajando se evaporó como el humo del café del que habla Fito. Bastaba ver su virilidad cerrando la puerta de golpe mientras se encendía un cigarro para quitarme de un tortazo las dudas y la seguridad.
Aun así, supongo que mi cara no reflejó rastro de emoción alguna.

-¿Cuándo te vas?
+Acabo de llegar…
-Te dije que estoy muy liado.
+Lo sé. Aprovecharé para ver también a mi familia.
-Lo que quieras.

Y me besó.
Joder, hasta me temblaban las piernas.
Cogió mi maleta de mala gana y le seguí hasta su habitación. Se apoyó en el borde de la cama y me repasó con la mirada mientras yo colgaba en el armario lo poco que llevaba.

-Has engordado, ¿no?

No me jodas tío…

+¿Tú crees? Serán estos pantalones, son muy ceñidos…

Tiré de ellos hacia abajo tratando de esconder mis muslos. Entonces me arrepentí de habérmelos puesto, ya que lo hice creyendo que le gustaría ver cómo se marcaban mis curvas, que, de hecho, eran minúsculas.

-Ven aquí.

Me acerqué sonriendo. No soportaba aquella incomodidad con él.
Su tacto en mi piel era tan cálido como ya ni siquiera recordaba. Como un bálsamo para una quemadura.
Sus enormes manos encajaban a la perfección en mis glúteos. Su lengua seguía haciendo maravillas en mi boca, y sus dientes mordiéndome el labio inferior, en lugar de confundirme, me despertaron del sueño.

Porque de eso se trataba esta relación. Pesadillas y sueños. En bucle. Y esa vez el viaje no iba a ser en balde.

Me separé de él lo justo para mantenerle la mirada.

+León, ¿me has puesto los cuernos?

Así, sin rodeos.

-¿Qué dices?
+Contéstame.
-Vete a tomar por culo.

Sabía que no contestaría a la primera. Lo tenía asumido. Así que no insistí más. Tenía muchos planes tan absurdos como eficaces en mente para descubrirlo por mí misma. Pero, como siempre, le daba la oportunidad de explicarse primero. Y, como siempre, él la rechazaba.
La incomodidad volvió a llenar el ambiente y de repente nos metimos cada uno en su papel de perfectos actores y cenamos con demasiado silencio y alguna conversación banal previamente estudiada. Sinceramente, a esas alturas me importaba una mierda cómo fuese su rutina en el trabajo, igual que a él se la sudaban mis estudios. Así que es normal que la noche transcurriese en terreno neutral hasta que nos metimos en la cama. Tuve que hacer de tripas corazón para fingir que echaba de menos dormir con él y tragarme mis lágrimas mientras él me follaba debajo y yo le hacía el amor encima. Aun así el placer (he de admitirlo) fue idéntico al de la primera vez.

Me hice la dormida hasta oír sus ronquidos y pasé por encima de él para buscar la prueba que necesitaba confirmar. No por eso que dice “ver para creer” , mis ojos ya lo habían visto como algo real de tanto imaginármelo, sino porque si encontraba un sólo mensaje que alimentase mi sospecha por fin podría echárselo en cara y enfadarme sin que él pudiese negarme una verdad que sabía ocultar muy bien.
Su móvil tenía nueva contraseña, me desesperé y entonces recordé que en mi último viaje había guardado un libro en su cajón que tenía a medio leer. Siempre me ha gustado quedarme dormida leyendo otra vida, así que lo fui a coger cuando por el tacto noté algo duro encima del libro. Lo saqué y me acerqué a la ventana para alumbrarme con la luz que entraba de la farola de la calle a través de la persiana.
¿Para qué querría alguien tener dos móviles?

Este no tenía contraseña, pero estaba apagado. Ya estaba maldiciendo pensando que tendría que remover y hacer ruido para encontrar el cargador cuando probé a encenderlo y la pantalla se iluminó. Accedí lo más rápido que pude al WhatsApp casi sin aliento. Había empezado a hiperventilar, pues no podía creer que tuviese en mis manos algo que una parte de mí aún no quería ver. Me infundí de valor y entré a la conversación que más me llamó la atención. Mensajes quedando por las tardes, deseando las buenas noches a altas horas y emojis cariñosos salieron a la luz sin sorprenderme. Ni siquiera podía culpar a la tercera persona porque no tenía ni su nombre. León había guardado el contacto como ‘Gordi’. Lo miré de reojo mientras me apuntaba el teléfono para investigarlo por mi cuenta. Corrí a dejar el móvil en el mismo sitio y me debatí entre despertarle para reventarle el tímpano a gritos o cortarle el pene.
Perro ladrador, poco mordedor.
Me volví a tumbar a su lado dejando toda la distancia entre nuestros cuerpos que el colchón permitía. Pero me puse el pijama porque me daba más que asco pensar que me rozase la piel.
No sé a qué hora me dormí esa noche, pero cuando desperté no había nadie.
Me pesaba el alma y mi cabeza ya iba a cien por hora. Me aferré a la capacidad que tengo para creerme mis mentiras barajando la posibilidad de que anoche solo estuviese soñando. Deseé con todas mis fuerzas que el móvil no siguiese en el cajón. Incluso me hubiese alegrado que León se lo hubiera llevado para seguir hablando con la zorra con la que solía hacerlo. Al menos así hubiese tenido la mañana para reposar mis ideas.
Abrí el cajón y ahí estaba, el arma que cargó el diablo.
Si voy a ser sincera en esta historia tengo que contar que antes de la tormenta predecible, pasé por otros dos o tres (cinco o seis) momentos de patetismo masoquista en los que no dudé en involucrar a Julián y a Sara. Treinta minutos después ya teníamos la identidad de la tercera indeseable: Paula Loro, una chica de su edad con la que ya había tenido algo en el instituto.
Y qué débil es la mente humana que siempre se proteje atacando al que tiene al lado. Comentarios del tipo “¿desde cuándo le gustan las ballenas?” e innumerables adjetivos descalificativos más son por los que ahora pido perdón a toda chica que haya ofendido de la manera más rastrera que puede hacerse.

Aquel día le esperé sin la comida hecha ni la mesa puesta. Con la mente abierta y la rabia a flor de piel.

-¿Qué haces?
+Nada.
-¿Has comido?
+No tengo hambre.
-Pues yo voy a comer.
+Bien. Pues hazte algo.
-¿No has hecho la comida?
+No soy tu sirvienta, ¿sabes?
-Ya empezamos…

La manera de dirigir aquella conversación era algo en lo que había estado pensando mucho tiempo. La que elegí para hacerlo quizá no fuese la más…¿adecuada?

Me levanté del sofá y con pasos torpes fui directa a coger el móvil del cajón. No me siguió, así que pude volver a la cocina segura de mi misma.
Busqué los mensajes delatores y le puse la pantalla en sus narices.

+¿Estoy loca o esto parece lo que es?

Agachó la cabeza pero vi perfectamente cómo sus ojos llameaban. Era el infierno ardiendo en su interior.

-¿Has venido hasta aquí para rebuscar entre mis cosas?
+He venido a verte.

Dió un puñetazo a la mesa que no me hizo saltar. Ni siquiera pestañeé. Estaba esperando el momento en el que la prueba del delito se hiciese añicos en el suelo junto con la poca confianza que tenía en él. Pero no fue así.
-¡Joder! ¡Siempre tienes que joderlo todo!
+¿Perdona? Aquí el que se encarga de joderlo todo eres tú. ¿Te has liado con ella?
-¡No!

Al no mirarme a los ojos y desvanecerse toda su seguridad lo supe. El “sí” era más que evidente.
+¿Cuántas veces?
-Mira Violeta, te voy a decir la verdad. Llevo quedando con ella y mis antiguos amigos varios fines de semana. La muchacha siente algo por mí y yo le he estado dando falsas esperanzas. Pero no ha habido ni va a haber nada entre nosotros. Y punto. Fin del tema. No vuelvas a nombrarla.

Podría habérmelo creído y dejarlo ahí. Otra mentira más de la que autoconvencerme no iba a destruirme. Al menos no del todo. León tenía aprendido que me gustaba que dijera justo lo que quería oír. Mientras me miraba suplicante, se me pasaron por la cabeza todas las ocasiones que tuve yo de sentir esa compañía que se necesita cuando la persona a la que amas está lejos y , peor aún, distante. Y de verdad que lo entendía. La carne es débil, pero nos han vendido demasiado bien la patraña de que sólo podemos compartir ciertas cosas con una persona, y que el amor lo puede todo.

Volví al mundo real y sin apartar la mirada pregunté.
+¿Qué es lo que te gusta de ella? No nos parecemos en nada…
-No me gusta nada de ella.
+Mírame a los ojos y dime que no ha habido ni un sólo beso y te creeré. Pero si descubro la más mínima mentira esto se ha acabado. Te estoy dando la última oportunidad de hablar tú o dejar que me entere por otra persona. Y sabes que lo haré.
-Nos dimos un beso. Uno.
+¿Te gustó?
-Sí, pero no sentí nada. Estaba borracho.

Tenía muchas ganas de llorar. Mantuvimos una batalla de miradas mientras cada uno libraba la suya propia por dentro. Yo por no dejar que cayese ni media lágrima y él recordando cuántas veces la había besado.
Me fui a la cama y él me siguió hasta allí, se desnudó y se tumbó a mi lado. Con dedos tímidos empezó a acariciarme la espalda, pero se detuvo al ver cómo me apartaba cada vez más.
+No me toques por favor. Ahora mismo me das asco.
-Joder Violeta, estábamos mal y…
+Cállate. No quiero escuchar nada más.

Si hubiese sabido el asco que se siente en situaciones así, habría hecho exactamente lo mismo que él para apaciguar el dolor. Al menos así hubiese tenido el consuelo de recordar que yo también habría sido débil, y el dolor hubiese dejado paso a la rabia. No jugábamos en el mismo nivel, aunque podríamos haberlo hecho. La diferencia estaba en que yo tenía que esforzarme por hacerlo mientras que a él le salía natural. No iba a ponerme a pensar si le perdonaba o no, creo que evidencié demasiado que ya lo había hecho.
Cuando sientes que la misma mano que te calma es la que te destruye tienes dos opciones: follar duro para aliviarlo o apartarte.

León insistió en sus caricias y , lejos de encontrarlas placenteras, me levanté y me encerré con pestillo en el baño.
Y entonces rompí a llorar. Ni siquiera escuchana bien los golpes que León propinaba a la puerta.

-¡Abre la jodida puerta!

Tras quince minutos en los que su paciencia rozaba el límite, lo hice.
+¡Tú no tienes derecho a ponerte así! ¡Ni a insultarme!
-¡Pues vete a Santander! Vete, ¿para qué quieres seguir aquí?
+Porque sé que en cuanto me vaya volverás a llamarla.

Cogió las llaves, cerró con un portazo y volvió a encerrarme en su propia casa.
No estaba dispuesta a pasar por eso otra vez. Así que, como una puta loca, abrí la ventana de su habitación y mientras él montaba en su coche yo chillaba con todas mis fuerzas. Perdí la dignidad, la vergüenza y la voz.
+¡Como te pires y me dejes encerrada te juro que llamo a la policía!

Con la mirada me obligaba a callar, pero él vio en la mía que si no entraba le iba a costar una buena explicación a su padre. Salió del coche y entró a casa sin abrir mucho la puerta, supongo que para evitar que yo saliese.
No dijo nada. Así que tomé yo la palabra.
+¿Por qué te vas cuándo sabes que no tienes razón? ¿Es que no sabes hablar las cosas o es que ya no te quedan mentiras que inventarte? ¡Ah, ya sé! A lo mejor tienes miedo de enredarte en tu propia mierda y dejarte en evidencia…

Sabía muy bien que le estaba provocando.

-Vas a hacer la puta maleta ahora mismo y vamos a ir a la estación.
+¿Me estás dejando otra vez?
-No. Pero te vas.
+¿Y entonces cuándo arreglamos esto?
-No lo sé, en septiembre cuando vuelvas.
+¿Septiembre? ¿Y en verano?
-Voy a estar todo el verano trabajando.
+No me importa.
-¡No puedes venir aquí cada dos meses!
+¿Por qué no?
-¡Porque no puedo atenderte!
+No soy alguien a quien tengas que atender. Estaremos juntos por la noche, como siempre.
-Violeta, a ver si te enteras ya, ¡no quiero que vengas!
+Claro que me entero, pero no me lo estás explicando bien. Querrás decir que necesitas el verano libre para poder follarte a otras.
-¡Vete a la mierda joder!

Por fin explotó. Hizo mi maleta mientras yo tiraba de él y lloraba en el suelo suplicando que no lo hiciera. Prenda que él metía, prenda que yo sacaba. Salió al patio a encenderse un cigarro y le seguí hasta allí. La impotencia que sentía me llevó a ser el incordio más grande que pudiese existir. Tenía ganas de hacer todo aquello que le molestase. La necesidad de hacerle daño. Cogí su cigarro y se lo partí por la mitad. Sin decir nada, y sin dejar de mirarnos poseídos, encendió otro y yo repetí lo anterior. Al cuarto cigarrillo dejó de luchar y decidió ganar el asalto apagando la colilla en mi brazo izquierdo. Me retorcí en el suelo gritando con la afonía de mi garganta.
Estaba agotada, y al mismo tiempo me sentía más fuerte que nunca. Me acerqué al grifo y llené un cubo con agua y al ver el bote de lejía al lado no lo pensé dos veces. Lo diluí y se lo tiré encima. El brazo recién quemado me jugó una mala pasada y me tembló al hacer esfuerzo así que no pude parar su brazo cuando arrojó el cubo de vuelta a mi espalda. Corrí hacia su habitación y como una adicta al crack en abstinencia busqué con la mirada perdida algo que romper. Fijé la vista en la televisión, pero tenía que romperla a lo grande. La historia del bate de béisbol se repetía ante mis ojos.
-¡Para! ¡Estás loca!
Alcé el bate y él lo frenó.
+¡Apártate o te doy a ti!
-¡No vas a romperme la casa! ¡Lo estás destrozando todo! ¡Has pasado por el salón y ni siquiera te has fijado en la cantidad de cosas que has roto!
+¡Me importa una mierda! ¡Aunque destroce la casa entera jamás podré destrozarte a ti como tú lo has hecho conmigo!

Para lo poco que consigo mantener la mirada a alguien, en esos dos días nosotros lo hicimos tantos minutos que por fin nos conocimos. Al otro y a nosotros mismos.
Flojeé y él pudo sacar el bastón de entre mis manos. Recogimos en silencio el desastre que había organizado y aquella noche dormimos en habitaciones separadas.

Al día siguiente, sin sentir la necesidad de conocer qué estaba pasando entre nosotros o que pasaría a partir de ahí, me acercó en coche a la estación y, con muchas ganas, subí en el autobús.

Como despedida, una mirada tras la que esa vez no se escondían ni palabras por decir, ni reproches, ni lástima. Tan simple como la nada.

JGA

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