Capítulo 12

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“-¿Qué tal, guapa?
+Bien, ¿y tú?
-¿Nos conocemos?
+Bueno…Yo te conozco de vista, igual me conoces por mi ex, León.
-¿Eres la exnovia de León?
+Sí…
-¿Pero lo habéis dejado ya?
+Más o menos.
-Cuéntame si quieres, preciosa.”

Apagué el ordenador. Aún no había decidido si empezar algo que naciese de otra mentira fuese lo más conveniente. Recogí los apuntes que quedaban muy bien como decoración sobre la mesa de la biblioteca y me fui a casa asqueada. Otro día más en el piso de Barcelona más escandaloso del momento. Era la comidilla de la universidad por aquel entonces. En lo que llevábamos de curso, tres estudiantes de intercambio que ocupaban la cuarta habitación nos habían robado dinero en nuestras propias narices. Lo que más me cabreaba de esa situación era el hecho de que acabásemos por desconfiar los unos de los otros y la amistad que teníamos se hubiese enfriado tanto que no podíamos compartir los tres la misma habitación. Incluso cenábamos separados, cada uno en su habitación. Alguna vez nos preguntábamos ‘qué tal’ pero solo por cortesía.
Julián fue el primero en abandonar el barco y yo ya había tomado la decisión de hacerlo en cuanto acabásemos los exámenes. Mientras tanto, la biblioteca pasó a ser mi refugio. Y también una distracción más.

Era una noche calurosa de finales de Mayo y al pasar por el túnel que conectaba la facultad con el piso, leí el nuevo graffiti: “Aborto legal ya”. No entendía por qué se molestaban en pintarlo, cómo si no supiesen que la secta del Opus Dei pagaría a un pintor para taparlo en unas horas… No había nadie por el barrio. Eran fechas de exámenes finales y las calles vacías lo evidenciaban. Sentirse sola en una ciudad tan grande era algo que me estaba volviendo loca.
Entré en casa y encendí mi móvil. Tenía dos llamadas y un mensaje de la madre de León.
“¿Has vuelto a saber de él?”
“No, lo siento.”
Diecisiete días sin mantener contacto alguno resultaban un respiro para mí. Quién lo habría dicho.
Me quedé dormida escuchando canciones que solía cantarle cuando me aburría y soñé con sus carcajadas en aquéllos momentos tan nuestros.
Al despertar, me duché y una vez vestida preparé un batido de plátano para llevármelo en el termo. Tenía mucho que hacer en la biblioteca y necesitaba coger el sitio de siempre, el único en el que tenía la intimidad suficiente para que nadie mirase lo que tenía entre manos. Bajé las escaleras a todo correr y al salir del portal sentí el móvil vibrar en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Al ver el nombre en la pantalla cogí aire y, resignada, me senté en un banco.

+Hola Montse, ¿qué tal?
-Violeta, hija, ¿qué tal estás tú?
+Bien, tirando.
-No me puedo creer que aún no te haya llamado.
+Ya sabes cómo es…¿Ha pasado algo, Montse? Es que tengo un poco de prisa, estoy con los finales y…
-Han desaparecido joyas en mi casa.

La escuché sollozar y me puse en lo peor.

+¿Han entrado a robarte? ¿Estás bien?
-No, no lo entiendes Violeta, ha sido él.
+¿Él?
-León.

Esa mujer estaba loca. Siempre lo había pensado, pero ahora me lo confirmaba.

+A ver, tranquilízate y cuéntamelo todo por favor.
-Sé que ha sido él cariño, la cerradura no estaba forzada y las dos sabemos que no es la primera vez que entra a mi casa…

Un recuerdo de cuando descubrí que había estado ahí con otra chica amenazó con revivir en mi mente. Cerré los ojos com fuerza como si así pudiese impedirle entrar y traté de seguir el hilo de la conversación.

+¿Qué es lo que hechas en falta en casa?
-El anillo de mi madre. Lo guardaba ahí, si hubieses visto la cara que se me quedó cuando fui a cogerlo y…Mira Violeta, sé que es mi hijo, y le quiero más que a mi vida, pero te llamo para pedirte que si trata de ponerse en contacto contigo lo rechaces. Eres demasiado buena para él, y después de saber todo lo que le has perdonado…No quiero que seas tan imbécil como lo fui yo con su padre.

Sabía el cariño que me había cogido la madre de León últimamente, y Dios sabe cuánto me arrepentí de todas las veces que utilizaba el pasado de Montse en contra de su hijo cuando no encontraba más argumentos para hacerle daño. En esos diecisiete días nos habíamos confesado demasiado la una a la otra. Fue la última persona a la que me hubiese imaginado recurrir si no hubiese sido por un nuevo capítulo en el caos de la vida de dos locos que creían estar enamorados.

Dieciocho días antes…

Hasta el moño de las discusiones en el piso, me fui a comer a la biblioteca. Menudo par de subnormales, cómo si no tuviese bastante con el gilipollas de mi novio…Bueno, éso si seguíamos siendo “novios”. Su última llamada dejaba mucho que desear y más interrogantes al aire.
No soportaba no tener respuestas certeras. Siempre lo había controlado todo. Ésa era yo: Violeta la controladora. Ya me lo decía mi madre…
Valentina me aconsejó pensar más en mi misma y otras cuantas cosas más a las que no presté atención porque mi cerebro no paraba de trazar conexiones inútiles e inexistentes entre abril y mayo que explicasen la situación que vivía entonces.
Terminé el sandwich de atún y me despedí de mi amiga prometiendo llamarla más tarde. Debía organizar mis apuntes en menos de una hora para empezar a memorizar como una máquina ochocientas páginas de Sociología. Aquél profesor me había puesto en un altar y no quería defraudarle. Incluso me pidió permiso para publicar mis ensayos en su columna semanal, así que se lo debía a él y a mis padres, que tanto se estaban esforzando para sacar adelante la carrera de una hija en la que veían una futura estrella de la comunicación.
Estaba en ello cuando encendí el ordenador y me saltó una notificación de Facebook.
“León ha actualizado su perfil”. Cuando fui a acceder, el enlace desapareció. Refresqué la página para volver a intentarlo y el resultado fue el mismo. Introduje su nombre en el buscador de Facebook y ¡sorpresa! El usuario no existía.
Él mismo me estaba obligando a hacerlo. Ya me conocía.
Tardé menos de cinco minutos en crear un perfil falso. Una foto de una antigua serie que solía ver con mi hermana y un nombre común: Lucía Gómez. Listo.
Conocerme tan bien era una ventaja para él. Aquella vez fue lo suficientemente estúpido para aceptar la solicitud de amistad y lo justamente inteligente para ignorar el chat que inicié.
Pero si hablamos de inteligencia, la ventaja era mía. Entré a su propio Facebook como quien entra a casa girando su propia llave. ¿De verdad no se le había ocurrido cambiar la contraseña después de todo? Me habría ahorrado aumentar los ingresos de Facebook con otro perfil al que robar información, aunque fuese falsa…
Conté dieciséis chats. Dieciséis. Dieciséis razones para cortar por lo sano. Para matarle. Para irme a vivir a la otra punta del planeta y no querer saber nada más de él en la puta vida.
Por si se le ocurría la tardía idea de cambiar la contraseña me reenvié cada chat a mi email e hice alguna foto que “accidentalmente” fue a parar al móvil de su santísima madre. Estaba segura de que le harían falta para cambiar la cerradura del piso que su propio hijo estaba utilizando como picadero con crías de quince añitos que tenían de inocentes lo mismo que yo: todo.
Por último,  en un alarde de valentía se lo reenvié a él mismo a su email y cerré el portátil más en paz de lo que había estado en mucho tiempo.

-No me vuelvas a dirigir la palabra en tu vida.
+Lo mismo digo, campeón. Lo que más me duele es el tiempo que he perdido contigo. Mejor dicho, sola. Creyendo en ti, rezando por ti, apostando por ti. A pesar de todo, te deseo lo mejor. Porque desgraciadamente te sigo queriendo.
-Que no me hables. Y ni se te ocurra aparecer por el pueblo.
+Tengo familia allí. No te va a quedar más remedio que volver a verme.
-Adiós.
+Hasta nunca.

Escribí las dos últimas palabras con el alma en las manos. Maldiciéndome a mi misma por albergar la esperanza de volver a estar juntos. Me hubiese encantado borrar de un plumazo los siete últimos meses y volver al punto donde ninguno se atrevía a colgar al otro lado de la línea. Me tapé la boca para sofocar mis sollozos y me abracé a mi misma en un intento de apaciguar los pinchazos que torturaban mi corazón.

Llegué a la biblioteca y me habían quitado el sitio, así que salí a pasear por el campus hasta que encontré un banco bajo la sombra de un árbol y me senté a dejar la vida pasar.
Se me daba muy bien hacerlo, y las palabras de Montse media hora antes se repitieron en mis oídos.
“Eres demasiado buena para él…”
Decidí llamar a mi hermana para desahogarme un poco y ví otra notificación de Facebook. Me pregunté porqué aún no había eliminado el perfil falso. ¿Qué utilidad tenía ahora? Un chico había empezado a hablarme pero ni siquiera tenía ganas ni interés en contestarle y mucho menos en contruir una vida falsa, y eso que he de decir que el chaval era de diez.

-¿Dónde vives?
+En Barcelona, estoy estudiando aquí.
-¿Volverás al pueblo pronto? Me encantaría quedar contigo en persona.
+Puede que vaya cuando acabe los exámenes.

Y eso haría. Quizá por orgullo propio. Porque nadie podía prohibirme volver a mis raíces. O porque era masoquista.
Aprobaría todos los exámenes y volvería a Andalucía.
Tenía que explicarle a ese chico quién era realmente, pero aún tenía un mes por delante para hacerlo despacio. Tan despacio como me él me fue interesando.

JGA

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