Capítulo 13

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Durante mi etapa estudiantil nunca me gustó la llegada del verano. Lo que para muchos significaba el aire mismo, para mi suponía el fin de muchas cosas. El fin de mi querida rutina. El fin de muchas relaciones que se quedan en stand by durante tres meses. El fin de las historias que vamos tejiendo en un ambiente tan rebosante de hormonas como es el universitario.
En Santander tenía pocas amigas por no decir ninguna. Supongo que toda amistad se demuestra al acabar el instituto y comprender que cada una tirase por su camino no llevaba implícito que el reencuentro en verano fuera a ser una fiesta en la que el tiempo no hubiese avanzado.
Se me daba de miedo actuar, pero cuando ni siquiera tienes ganas de hacerlo es mejor centrarse en otros planes.
Y, hablando de planes, el mío no iba a ser fácil de llevar a cabo. Mis padres se oponían rotundamente a mi decisión de tomarme unas vacaciones en el pueblo tras conocer el motivo más importante por el que lo mío con León había terminado. No es que yo, en un arrebato de sinceridad, se lo hubiese comentado o dejado caer sutilmente. Es que el muy subnormal escribió a mi padre para saber de mi, y, al no obtener la respuesta deseada, le amenazó con destrozar la lápida de mi abuelo. ¿Se puede caer más bajo? Yo de verdad creía que no.
Aun así,  sí,  le quería. Seguíamos manteniendo el contacto, pero entonces yo había adoptado una actitud más desinteresada. Era como si hubiesen cambiado las tornas y ahora que él se preocupaba por mi, a mi me importaba él solo por el aprecio que le tenía. Por lo que habíamos sido y lo que podríamos haber llegado a ser. O no.

+Tengo que ir. He decidido hacer las prácticas allí. Es un periódico local, pero, en serio mamá,  necesito probar con esto y sentirme útil…
-¿Por qué no buscamos otras prácticas aquí?  Yo te acercaré todos los días,  no tendrás ni que coger el autobús.
+No, mamá, necesito sentirme independiente.
-¿No has tenido suficiente independencia en Barcelona?
+No es lo mismo. Me refiero a vivir sola…Puedo instalarme con el tío Manuel unos días hasta encontrar algún estudio barato y…
-No podemos pagarlo hija, ni siquiera sé cómo vamos a pagar el próximo año de carrera…

Que me repitiese aquello sólo fortalecía el dolor que sentía en el pecho. Llevaba meses buscando alternativas a la universidad privada que estaba arruinando a mis padres y dejando sin la herencia de mi abuelo a mis dos hermanos. El primer año acepté encantada, pero sé que lo hice por el amor a primera vista con la facultad de comunicación. El segundo año fue una hostia de culo con la realidad y sólo lo terminé porque conseguí meterme en el museo de la universidad como guía y pagar yo misma el alquiler y la comida. Pero hacía tiempo que había tomado la decisión de no seguir estudiando en Barcelona, por más rabia que me diera.

+Mamá,  sabes muy bien que no podemos seguir permitiéndonoslo…He estado mirando otras universidades. De hecho, estoy en lista de espera para la pública de Sevilla.
-¡¿Qué?! ¿Por qué no nos lo habías contado?
+Porque sé lo que me vais a decir. Que el año que viene irá mejor, que papá tendrá más trabajo, que queréis el mejor futuro para mi… Pero, ¿y mis hermanos? Algún día me lo echarán en cara y no podré soportarlo mamá,  ni siquiera puedo mirarlos a la cara. Sé que parece que estoy siempre enfadada con ellos, pero es que estoy enfadada conmigo misma y con esta sociedad de mierda en la que el dinero paga los aprobados y los buenos estudios, y no puedo más,  de verdad mamá…

Y rompimos las dos a llorar.
Al día siguiente les enseñé a todos el campus virtual de Sevilla y el email que había recibido del periódico local que me interesaba. Claro que me callé como una mujer de vida alegre que fui yo la que contactó con el periódico y no al revés.
Parece que las cuentas financieras, los testimonios de personas que habían estudiado comunicación en Sevilla, la relación calidad-precio de los alquileres en el sur, y mi insistencia en que con lo poco que ganaría aquel verano trabajando podría cubrir el piso les convencí y accedieron. No me pasó desapercibida la  lástima e inseguridad en sus voces y en sus miradas. Incluso atisbé decepción, cosa que no hizo sino martirizarme más.
Quizá si detrás de todo aquello no hubiese habido intencionalidad alguna, no hubiese dejado Santander con ese mal sabor de boca.

Durante el tortuoso trayecto en autobús me cuestioné seriamente la dificultad de llevar dos partes de mi personalidad al mismo tiempo pero en distintas situaciones. Cuando abría el WhatsApp me sentía como una actriz en la fracción de segundo en la que se termina de rodar una escena dramática y las cámaras se apagan dando paso a la realidad. En este caso mi realidad era Jonathan; y el drama, cómo no, León.
No le había comentado que fuese dirección a Andalucía, ni mucho menos porqué lo hacía. A veces me daba la impresión de que él seguía actuando como si nada hubiera pasado y siguiésemos juntos.

“-¿Qué haces?
+Ver la tele, ¿y tú?
-Trabajando. ¿Dónde estás?
+En casa.”

Ya no había remordimientos mintiéndole. Dos horas después volvió a escribirme las mismas preguntas, y entonces supe que él ya sabía dónde estaba y qué hacía. Sólo estaba dándome la oportunidad de explicarme, como lo había hecho yo con él tantas veces. A pesar de la sorpresa en su astucia, no me desmentí. Al menos no en el momento. Tenía otros motivos para ponerme nerviosa. Iba a ser la primera vez que viese a Jonathan en persona. Por eso estaba pasando las horas más incómodas de mi vida ceñida en unos vaqueros tobilleros de tiro alto y un top blanco cuya cremallera en la espalda se me clavaba cada vez que cambiaba de postura en el asiento.
Faltaban apenas treinta minutos para llegar y decidí sacar el arsenal del bolso y arrepentirme al instante de la estúpida idea de maquillarse en movimiento. Me di por vencida y recordé muy orgullosa cómo Jonathan me aseguraba que adoraba las pecas que enmarcaban mi sonrisa, por más que yo intentase ocultarlas. Entonces sonreí al recordar lo que solía decirme mi madre cuando, en un capricho de quinceañera, había comprado una crema descaradamente cara que aseguraba eliminar tus pecas a los diez días.

-¿Para qué te las vas a tapar? Cuanto más pecosa, ¡más hermosa!
+Por repetirlo mil veces no va a ser verdad, mamá.

Qué tontería.

Bajé del autobús y el sol cegó directamente mi vista. Lo maldije un momento para luego recrearme en esa sensación que solo he sentido en el sur de España: la piel tostándose en un moreno gitano y los pulmones abriéndose con dificultad en busca de aire. Un calor seco tan distinto de la humedad del norte que adoraba.
Recorrí las calles del pueblo con la maleta a rastras. Lo hice despacio, observando cómo cada puerta que recordaba de otros veranos seguía abierta emitiendo el frescor de los corrales interiores andaluces; cómo las mismas señoras gitanas seguían sentadas en las mismas sillas destartaladas de madera en los paradores de sus hogares; cómo abrían y cerraban el abanico con un arte innato…
Y cuando quise darme cuenta, giré la esquina hacia el bar de mi tío y alguien tocó mi hombro desde atrás.
Se me salía el corazón por la boca cuando me armé de valor para girarme suplicando que no fuese él. Y antes de poder verle la cara me llevé el beso más rápido y al mismo tiempo eterno que jamás me habían  propinado. Al menos sirvió para disipar mis dudas.

-Llevo mirándote desde que venías subiendo la cuesta.

Y hasta su voz me sonó infantil. No es que su aspecto fuese el de un crío de diez años, pero tampoco era el que había deducido por las fotos. Apenas me sacaba altura y tenía el cuerpo de un adolescente en plena pubertad. Dicen que para gustarte una persona primero tiene que entrarte por los ojos, y a mi me había enganchado su personalidad. Entonces miré sus ojos y su sonrisa tímida. Y me acordé de articular palabras.

+¿Ya me habías visto? Qué vergüenza…

Y noté cómo me ardían las mejillas al no ser capaz de sostenerle la mirada.

-¿Ahora te pones vergonzosa?
+Es la primera vez que nos vemos…creía que no ibas a besarme.
-Llevo esperando para besarte un mes Violeta.

Tenía razón. Después de salir airosa de la mentira con la que le “conocí”, me había mostrado bastante atrevida, y entonces empecé a arrepentirme de haber manipulado mi verdadera personalidad. Es lo que tiene jugar a ser dos personas. Lucía Gómez era una descarada a la que poco le importaba la opinión de los demás,  pero Violeta era más bien la chica que soñaba con dejarse llevar pero jamás lo hacía por el “qué dirán”.

Caminamos unos metros hasta llegar al bar y, antes de entrar, le pedí que me esperase en la terraza. Acababa de pisar el pueblo y no me apetecía nada mediar presentaciones incómodas cuya explicación aún no podía dar, y menos a mi familia.
Mi tío me reconstruyó la columna vertebral con su abrazo de bienvenida y, después de repetirme como siempre que no tenía “ni chicha ni limoná” (que estaba muy delgada a sus ojos) me sirvió dos tintos de verano y sin dejar de seguirme con la mirada me dejó salir. Estaba claro que luego querría saber quién era mi acompañante. Aunque yo estaba convencida de que ya lo conocería.

+Aquí tienes.
-¿Vamos dentro?

Entonces seguí su mirada y los dos nos fijamos en el Ford Fiesta que había parado frente al bar. Hubiese jurado que conocía a la conductora.

+¿Quién es?
-Cristina Loro.
+Mierda.

El corazón se me subió a la garganta. Cuando estuve a punto de escupirlo el coche arrancó y le pedí que fuésemos dentro o que nos marchásemos de allí.

-Violeta, ¿sigues hablando con él?

Me vibró el móvil y lo desbloqueé temblorosa. Sabía que era él. Miré a Jonathan y, como no supe darle ninguna explicación,  le enseñé el mensaje.

“¿Qué haces con él aquí? Voy para allá.”

Fue la primera vez que nos miramos a los ojos y nos comunicamos sin palabras.
Entré corriendo al bar para avisar a mi tío de que me iba a dar un paseo. Y bastaron esos cinco segundos para que un derrape que sonó a trueno en el cielo avisando de tormenta nos dejase a todos en vilo.
Lo último que escuché fue un “quédate aquí” cuando la puerta se cerró tras de mi para coger a Jonathan de la mano y echar a correr. Pero no me dio tiempo.
Igual lo hubiese tenido si no me hubiera quedado congelada al ver la rabia de León bajarse del coche y venir directo hacia mi.
Se me olvidó hasta mi nombre cuando mi mente rápida asumió su movimiento de brazo levantándose y cerré los ojos para recibirlo inmóvil.

Cuando los abrí, vi a los amigos de León bajar del coche gritando cosas fuera de sí y la sangre volvió en torrente a mis venas para permitirme mover el cuello y dirigir la vista donde estaba la de ellos.

A medio metro estaba el chico que me había destrozado el alma dando puñetazos sin piedad al chico que me la intentaba recomponer.

JGA

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